Terminado el misterio, estábamos cavando el huerto para los cimientos y había una gran cantidad de tierra sobrante. Teníamos la supervisión permanente del Instituto Nacional de Cultura, así que hacíamos adobes con la tierra y los sacábamos poco a poco para ser vendidos. Cuando terminamos, quedaron apiladas al fondo un montón de piedras. Un día, me convoca el arquitecto para ver las cuentas. Revisando la hoja de cálculo, veo que había un espacio vacío y le pregunto: –Oye, no hemos gastado nada en este rubro. Él me dice: –Ese rubro son piedras y cuestan S/35 000 soles, pero las piedras están acá. Bajamos, miramos las piedras y teníamos un montón.
Entonces me aconsejó que fuéramos muy discretos porque algunas de las piedras eran de factura incaica. Efectivamente, eran piedras labradas. Pensé: ¿Qué hacemos? Teníamos un conflicto. Lo correcto era avisar a la autoridad. Lo práctico era ocultarlas. Entonces, avisamos a la autoridad. La autoridad viene, comprueba que son piedras incaicas y nos da una orden de paralización de la obra. No podíamos tocar nada mientras no se decidiera el destino de las piedras. Con una frustración tremenda, no sabíamos qué hacer.
Dos obreros, hermanos, Edgar y Porfirio Guzmán, me dicen: –Jefe, no estamos trabajando. Vamos a hacer algo. Esas piedras las vamos a poner en el suelo y nos vamos a imaginar cómo hacían los incas para juntarlas. Las pusieron en horizontal y teníamos un precioso lienzo de piedra, hecho con verdaderas piedras incaicas. Otro día, Porfirio me dice: –Jefe, ¿y si lo paramos? Tenemos un muro que hay que revestir. Vamos a usar las piedras para ello. Efectivamente, se hizo y quedó un precioso muro, casi de calidad inca. Llamamos nuevamente a la autoridad y les dijimos que esta era nuestra propuesta para conservar el patrimonio. Nos dieron opinión favorable y lo declararon intangible, o sea, que no podíamos hacer nada más con él, jamás. (Se puede apreciar en el lobby).
Perfecto; habíamos solucionado nuestro problema, habíamos usado las piedras y habíamos ahorrado S/35 000 soles, es decir, finalmente conseguimos lo que valía el tesoro de la señora Carmencita. Cuando nos pusimos a pensar de dónde habían salido tantas piedras, el arquitecto y algunos amigos mayores nos dijeron que los vecinos de San Blas, en la reconstrucción de sus casas, se pasaron la voz de que había un terreno baldío y durante meses o años, nunca supimos, encontraban una piedra inca, la ocultaban y luego la ponían en el que sería nuestro terreno. Esta es la historia de nuestro tesoro.