La edificación (siglo XVIII)

La casita de la calle Tocuyeros la compramos en una suerte de ocasión, porque un juez había puesto en venta la casa, dado que la familia propietaria –cuatro herederos–, no se ponía de acuerdo. Fue así que nosotros pudimos adquirirla.

La casita era bastante aparente, bonita y muy bien ubicada. De dos pisos, una tienda en el primero y un zaguán que daba acceso al huerto con un desnivel hacia arriba.

La casa original de la calle Tocuyeros antes de la restauración
La casita en el pasaje Tocuyeros.

Queríamos hacer un proyecto amigable, de pocas habitaciones. No sabíamos cuántas iban a salir al final, pero teníamos dos ventajas arquitectónicas. La primera era que nuestro colindante, el Colegio Carmelo tenía una construcción bastante alta, lo que nos daba el límite posible de altura sin alterar el entorno. La segunda ventaja era que, como no había evidencia cultural ni arqueológica presente, podíamos remover y sacar la tierra para conseguir más altura. Llegamos a construir una edificación de tres pisos, más un pequeño altillo, todo sin afectar los parámetros urbanísticos.

A pesar de ser una casa de adobe modesta del siglo XVIII, que tenía incluso un arco de adobe, había resistido el terremoto de 1950, que afectó casi al 50% de las casas del Cusco. Tuvimos que reformular esas estructuras, rehacer el arco, y bueno, había espacio donde trabajar cómodamente.

La reconstrucción del arco
La reconstrucción del arco.

El "Tesoro escondido"

Una de las propietarias de la casa –octogenaria como sus otros tres hermanos– me visitó un día para felicitarme por la compra y decirme que admiraba a la familia de mi mamá. La primera visita fue solo de cortesía. La segunda visita, en cambio, venía rodeada de un halo de misterio. Doña Carmen quería hablar a solas conmigo. El tema que trae es una confesión: Hay un tesoro en la casa –me dice–, y me recomienda que seamos muy cuidadosos al buscar. Yo debía estar presente en todo momento, porque el tesoro se oculta de las personas de mal sentimiento. Confesó, además, con cierta frustración: –Hemos peleado entre hermanos. El tesoro se nos escondió. Pero conozco a tu familia y tú eres buena persona, el tesoro será para ti.

La casa original durante la reconstrucción
La casa original durante la reconstrucción.

Inmediatamente llamé al arquitecto, Miguel Mostajo, y le di el mensaje de buscar el tesoro con gran discreción. Miguel identificó, después de revisar los planos, varios posibles espacios de escondite. Trabajó diligentemente, pero con discreción, y me dijo en dos oportunidades: –Olvídate, no hay tesoro.

Entonces ocurrió una tercera visita de la señora Carmencita: He tenido un sueño –me dijo– y he visto el tesoro. –Había 900 monedas de plata, de cinco décimos. Yo creo que vas a poder sacar unos S/35 000 soles, (algo así como 10 000 dólares). Vas a necesitar esa platita para la construcción. Al arquitecto le digo que hay que seguir buscando. La cuarta visita de la señora Carmencita fue acompañada de su comadre, comerciante de artesanías, que ofrece comprar las monedas –todavía no encontradas– y confirma que el precio es correcto. Bueno, pasa el tiempo y el arquitecto me asegura que no hay ninguna posibilidad de encontrar un tesoro.

Plano de restauración de la vivienda: planta, elevación y cortes
Plano de restauración de la vivienda.

Las piedras incas

Terminado el misterio, estábamos cavando el huerto para los cimientos y había una gran cantidad de tierra sobrante. Teníamos la supervisión permanente del Instituto Nacional de Cultura, así que hacíamos adobes con la tierra y los sacábamos poco a poco para ser vendidos. Cuando terminamos, quedaron apiladas al fondo un montón de piedras. Un día, me convoca el arquitecto para ver las cuentas. Revisando la hoja de cálculo, veo que había un espacio vacío y le pregunto: –Oye, no hemos gastado nada en este rubro. Él me dice: –Ese rubro son piedras y cuestan S/35 000 soles, pero las piedras están acá. Bajamos, miramos las piedras y teníamos un montón.

Entonces me aconsejó que fuéramos muy discretos porque algunas de las piedras eran de factura incaica. Efectivamente, eran piedras labradas. Pensé: ¿Qué hacemos? Teníamos un conflicto. Lo correcto era avisar a la autoridad. Lo práctico era ocultarlas. Entonces, avisamos a la autoridad. La autoridad viene, comprueba que son piedras incaicas y nos da una orden de paralización de la obra. No podíamos tocar nada mientras no se decidiera el destino de las piedras. Con una frustración tremenda, no sabíamos qué hacer.

Dos obreros, hermanos, Edgar y Porfirio Guzmán, me dicen: –Jefe, no estamos trabajando. Vamos a hacer algo. Esas piedras las vamos a poner en el suelo y nos vamos a imaginar cómo hacían los incas para juntarlas. Las pusieron en horizontal y teníamos un precioso lienzo de piedra, hecho con verdaderas piedras incaicas. Otro día, Porfirio me dice: –Jefe, ¿y si lo paramos? Tenemos un muro que hay que revestir. Vamos a usar las piedras para ello. Efectivamente, se hizo y quedó un precioso muro, casi de calidad inca. Llamamos nuevamente a la autoridad y les dijimos que esta era nuestra propuesta para conservar el patrimonio. Nos dieron opinión favorable y lo declararon intangible, o sea, que no podíamos hacer nada más con él, jamás. (Se puede apreciar en el lobby).

Perfecto; habíamos solucionado nuestro problema, habíamos usado las piedras y habíamos ahorrado S/35 000 soles, es decir, finalmente conseguimos lo que valía el tesoro de la señora Carmencita. Cuando nos pusimos a pensar de dónde habían salido tantas piedras, el arquitecto y algunos amigos mayores nos dijeron que los vecinos de San Blas, en la reconstrucción de sus casas, se pasaron la voz de que había un terreno baldío y durante meses o años, nunca supimos, encontraban una piedra inca, la ocultaban y luego la ponían en el que sería nuestro terreno. Esta es la historia de nuestro tesoro.

El muro de piedra inca dentro de la casa
El muro de piedra inca, hoy en el lobby.

Sentido de lugar

Una casa entretejida a mano con San Blas, el barrio de artesanos con mayor continuidad histórica.

Llamado Tococcachi en el pasado inca, conserva sus callecitas de piedra labrada y sus talleres artesanales, hoy entremezcladas con tiendas, restaurantes, bares, bohemia y mucho movimiento.

San Blas forma parte del «Centro Histórico del Cusco», declarado Patrimonio de la Humanidad por UNESCO en 1983.

La esquina de Casa San Blas en la calle Tocuyeros, con el Cusco al fondo
En la cuesta de San Blas.